Por Mäuss
No fue solo el discípulo que recogió las enseñanzas de Sócrates; fue el filósofo que, desde la antigüedad, elaboró el proyecto intelectual más sólido contra la decadencia moral y política que amenaza a Occidente hoy. Mientras los sofistas relativizaban todo y la democracia ateniense caía en la demagogia, levantó un sistema filosófico que aún interpela a quienes no se conforman con la banalidad de la opinión pública.
Su célebre alegoría de la caverna no es solo una metáfora antigua, sino un diagnóstico vigente: la mayoría vive encadenada a sombras, atrapada en la mentira cómoda de los sentidos y la masa, sin acceso a la verdad que solo la razón y la filosofía pueden revelar. Nos advierte que el mundo sensible es engañoso, efímero y decadente, y que solo la búsqueda del mundo inteligible (las ideas o formas eternas) puede dar fundamento sólido a la justicia, la política y la moral.
En un tiempo en que el relativismo y el posmodernismo pretenden disolver cualquier criterio absoluto, se nos recuerda que sin una verdad objetiva y trascendente no hay sociedad posible, solo caos y tiranía de las pasiones. Su república ideal, con gobernantes-filósofos, puede parecer utópica, pero es un llamado radical a que el poder sea para los mejores, no para los más populares ni los más ruidosos.
Enseñó que la virtud no es mera opinión ni concesión social, sino conocimiento. Que el alma humana tiene jerarquías internas que deben ordenarse para evitar la corrupción y la decadencia. Que la educación y la disciplina son indispensables para la libertad auténtica, no la permisividad y la comodidad efímera que hoy se venden como progreso.
Los ataques que recibió de sus contemporáneos y los que hoy sufre su legado no son casuales. Enfrentó la arrogancia del relativismo, la tiranía del consenso emocional y la destrucción de los valores eternos. Por eso su obra sigue siendo una guía imprescindible para quienes buscan reconstruir una civilización basada en la verdad, el orden y la justicia, no en la demagogia, la manipulación y la desinformación.
En tiempos de crisis espiritual y cultural, nos reta a salir de la caverna. A no contentarnos con la sombra de la opinión popular. A buscar la luz dura y a veces incómoda de la verdad. Porque solo desde esa luz se puede construir un orden político y moral que resista las tormentas del relativismo y la decadencia.


