Por Mäuss
El primer gran mártir de la filosofía no fue asesinado por una tiranía teocrática ni por una dictadura militar: fue ejecutado por la democracia ateniense, votado por mayoría. Sócrates murió por hacer lo que también molesta hoy al progresismo dominante: cuestionar la moral oficial, poner en duda lo “correcto”, incomodar al poder con preguntas que no quieren ser respondidas.
No escribió libros, no buscaba aplausos, no fundó escuelas. Su “crimen” fue mucho más peligroso: enseñaba a pensar. En lugar de adoctrinar, invitaba a dudar. Su método, la mayéutica, era un acto de guerra intelectual: no decía qué pensar, sino que obligaba al interlocutor a parir su propia verdad. Y a veces, la verdad duele.
En la Atenas de su tiempo (como en muchas sociedades actuales) dominaban los sofistas: relativistas profesionales, expertos en manipular el lenguaje, maestros de la ambigüedad moral. Decían que no hay verdad, que todo es perspectiva, que el poder define lo real. Sócrates fue su némesis. Afirmó que el bien existe, que la virtud se puede conocer, que el alma importa más que la opinión de la mayoría.
Por eso lo condenaron: por “corromper a la juventud” y por “impiedad”. Pero lo que realmente no le perdonaron fue haber formado ciudadanos libres. En su Apología, lejos de retractarse, reafirma su misión: ser un tábano que pincha la carne blanda del poder. Prefirió morir antes que callar. Bebió la cicuta con una dignidad que ninguna mayoría puede comprar.
Hoy, en plena era del “todo vale” y del “cada uno tiene su verdad”, el ejemplo de Sócrates es más necesario que nunca. No para adorarlo, sino para encarnarlo. Para enfrentar a los nuevos sofistas: ideólogos de género, burócratas culturales, censores disfrazados de progresistas. Nos quieren obedientes, anestesiados, sometidos a la dictadura de las emociones. Pero como enseñó Sócrates, no hay libertad sin virtud, ni verdad sin coraje.
Que no te vendan el miedo a pensar. Porque si pensar duele, vivir sin pensar degrada.


