Por Araceli Durantini

En una de las ciudades más pobres del país, donde el Estado ha repartido planes pero no oportunidades, donde generaciones enteras fueron condenadas a depender, el programa de huertas comunitarias representa algo incómodo para muchos: la vuelta a la cultura del esfuerzo.

Después de décadas de asistencialismo, degradación educativa y destrucción del mérito, pretender que una persona en situación de extrema vulnerabilidad consiga mañana un puesto en una multinacional es tan absurdo como cruel. Muchos de ellos no saben leer porque el sistema educativo los abandonó. Viven entre la violencia, la falta de estructura y el desarraigo. Y aún así, se exige que «consigan trabajo», como si eso dependiera solo de enviar un currículum.

El relato de que “dar trabajo” es mejor que enseñar a cultivar la tierra suena lindo en redes, pero es parte del mismo verso que nos trajo hasta acá. Porque mientras se habla de dignidad desde una oficina con aire acondicionado, en los barrios hay gente que no tiene ni para comer.

Ahí es donde la huerta se vuelve revolucionaria: no es volver al pasado. Es empezar desde lo básico. Aprender a producir, a organizarse, a comprometerse. Es lo mínimo desde donde reconstruir una vida rota.

El programa de huertas no promete milagros. No necesita una batería de funcionarios, ni consultores, ni diagnósticos eternos. Con semillas, herramientas y algo de guía, le devuelve al individuo el control sobre su alimento, su salud y su entorno.

Y sí, es trabajo. Trabajo de verdad. El que ensucia las manos, el que enseña paciencia, el que da resultados visibles. Mucho más digno que ser esclavo de un plan por $200.000 y una bolsa de mercadería.

Decir que cultivar la tierra «atrasa» es parte del desprecio clasista y teórico que ciertas élites progresistas tienen hacia los pobres reales. Para ellos, la dignidad está en un contrato formal que no existe, en una empresa que no los va a tomar, y en un discurso que nunca pisa la calle.

Desde una política liberal de derecha, las huertas son una herramienta concreta para romper la dependencia, achicar el gasto asistencial, empoderar a las familias y reconstruir una cultura de autosuficiencia que alguna vez supimos tener.

No todo el mundo puede ser programador, trader o empleado en una oficina. Pero todo el mundo puede aprender a producir algo. Y eso ya es un principio de libertad.

Mientras el Estado siga produciendo ignorancia, miseria y frustración, la inclusión empieza desde abajo, con algo tan básico como una semilla. Y tan poderoso como enseñarle a alguien que puede crecer por sus propios medios, sin deberle nada a nadie.

En una ciudad donde la política se alimentó de pobres para sostenerse, las huertas son una amenaza, le enseñan a la gente a dejar de necesitar al político de turno.

Y por eso mismo, son una buena noticia.