Por Mäuss

En la cena de la Fundación Faro, el corazón intelectual del nuevo reformismo argentino, Luis Caputo y Javier Milei dejaron en claro que la revolución libertaria no se limita a lo económico. El Gobierno va por todo: por el modelo, por la narrativa, por las ideas enquistadas en el sistema. Y la batalla cultural, esa que la izquierda dio durante décadas con fondos públicos, adoctrinamiento y victimismo profesional, ahora tiene nuevos protagonistas. Esta vez, del lado de la libertad.

El ministro de Economía no se guardó nada. Frente a un auditorio repleto, Caputo denunció con nombre y apellido lo que muchos piensan pero pocos se animan a decir: “La izquierda se infiltró como un parásito mental en las universidades, en el arte, en el discurso público. Son muy malos gobernando, pero muy buenos adoctrinando”.

Con una claridad inusual para un ministro de su cartera, Caputo fue al hueso: “La única herencia cultural de la izquierda es pobreza, miseria y muerte. Y aún así, sobreviven porque tejieron un sistema sofisticado de mentiras, de estructuras capturadas, de subsidios selectivos, de artistas militantes que se enriquecieron con la plata del Estado mientras decían ser ‘anti sistema’”.

Y no se refería solo a teorías. Se refería a hechos. Porque mientras una madre en el Chaco compraba un paquete de arroz y pagaba IVA, ese impuesto iba a parar a una editorial con panfletos progresistas, a un colectivo artístico que declama consignas woke en teatros vacíos, o a una ONG que vive del verso inclusivo.

El kirchnerismo, como recordó Caputo, convirtió la cultura en una trinchera ideológica, colonizó espacios con una agenda que mezcla feminismo radical, lenguaje inclusivo, ataques a la propiedad privada y desprecio por el mérito. Todo, por supuesto, sostenido con la caja del Estado. La rebeldía financiada por el sistema.

Pero eso, dijo el ministro, empieza a terminarse.

Caputo: 24 reformistas para llevar el modelo libertario a todo el país

En un anuncio que pasó desapercibido para la prensa militante pero no para los que entienden de fondo el proyecto libertario, Caputo adelantó la creación de un comité de 24 reformistas económicos, uno por provincia, para llevar la transformación al plano local. Con Felipe Núñez al frente, el objetivo será claro: reducir impuestos, eliminar regulaciones inútiles, achicar el Estado y liberar la economía productiva.

Se trata del desembarco de La Libertad Avanza en la gestión territorial, algo clave para consolidar el cambio a largo plazo. Porque no alcanza con ganar la Presidencia si las provincias siguen cautivas de estructuras clientelares y caciques populistas que viven del asistencialismo eterno.

Milei: “Vamos por el último clavo en el ataúd del kirchnerismo”

Más tarde, el Presidente Javier Milei tomó la palabra y no se quedó atrás. Con su estilo filoso, arremetió contra la “secta kuka”, criticó las candidaturas testimoniales, denunció el “fraude moral” de los intendentes y reafirmó que el verdadero enemigo a vencer no es un partido, sino un sistema de ideas que destruyó a la Argentina durante décadas.

Si en septiembre ganamos la Provincia, habremos puesto el último clavo en el ataúd del kirchnerismo”, sentenció ante una ovación.

Milei se mostró convencido de que el país está atravesando el mejor gobierno de su historia reciente, y lo fundamentó con datos duros: dejó atrás jubilaciones de 70 dólares y las llevó a más de 300, ordenó las cuentas, subieron las reservas y el modelo empieza a mostrar resultados. Pero advirtió: el cambio es más profundo y necesita del compromiso de todos los argentinos de bien.

No hay que ser espectadores. Hay que meterse en el barro. No podemos dejar que la casta nos pase por encima. Hay que dar la pelea cultural en cada escuela, en cada medio, en cada espacio”, remarcó.

La batalla que define el país (y las ideas)

Cuando Caputo habla de “parásitos mentales” que se infiltraron en las universidades y el arte, no exagera: describe con precisión quirúrgica el proceso de colonización ideológica que sufrió la Argentina en las últimas décadas. Facultades enteras tomadas por el marxismo disfrazado de progresismo, cátedras que repiten dogmas en lugar de formar pensamiento crítico, y un mundo artístico que desprecia el talento pero celebra la militancia.

El resultado es una generación entera educada en el resentimiento, el igualitarismo compulsivo y la falsa moral del pobrismo cultural. La izquierda convirtió al arte en panfleto y a la universidad en templo de su fe. Por eso, la batalla cultural no es simbólica: es estratégica y urgente. Hay que recuperar los espacios perdidos. Volver a las aulas, a los escenarios, a las galerías, al debate, con ideas claras, principios firmes y sin vergüenza de defender la libertad, el mérito, la belleza y el esfuerzo.

Si la izquierda ganó la cultura con palabras, la derecha tiene que reconquistarla con verdad.