Por Araceli Durantini
Tuvieron que prender una cámara y hablar como gente común para que nos enteremos de que el CONICET todavía existe. Así de simple. Así de escandaloso. Bastó un stream para que miles de argentinos descubrieran por primera vez qué hacen los más de 30.000 empleados y becarios del organismo científico más grande del país.
El fenómeno se volvió viral. No porque la ciencia esté de moda, sino porque por primera vez alguien del aparato estatal bajó del pedestal y habló al ciudadano. Al que paga. Al que sostiene. Al que jamás fue invitado a un congreso ni citado en un paper.
Durante años, el CONICET funcionó como una estructura cerrada, ineficiente y autoreferencial, alimentada con más de 200 mil millones de pesos del presupuesto nacional, sin que nadie se atreviera a cuestionar su utilidad, productividad o impacto real. La ciencia, dijeron, no se toca. Hasta ahora.
El elefante blanco de la ciencia argentina
A contramano del relato romántico, la mayoría de los proyectos financiados por el CONICET nunca se traducen en soluciones concretas para los argentinos. Ni vacunas nacionales, ni desarrollos tecnológicos competitivos, ni innovación aplicada al agro o a la industria. Y mucho menos trabajo genuino.
Durante años, se premiaron publicaciones académicas por encima de patentes. Se apadrinaron becas eternas sin exigencias. Y se convirtió la investigación científica en un circuito cerrado donde pocos se evalúan entre sí… y todos cobran.
Y mientras tanto, el país se hunde en pobreza e ignorancia.
Un stream no borra décadas de silencio. Que ahora se animen a comunicar, a responder preguntas y mostrarse “cercanos” no es un mérito, es una deuda. En cualquier país serio, el que cobra del Estado justifica su sueldo. El que investiga, rinde cuentas. Y el que no produce, se va.

La ciencia no puede ser una zona liberada
No se trata de atacar la ciencia. Se trata de dejar de tratarla como una zona liberada de la crítica, donde todo se justifica en nombre del “conocimiento”, aunque nunca llegue a la sociedad.
En un país donde faltan medicamentos, donde las escuelas se caen a pedazos, donde la mitad de los chicos no come bien, seguir financiando estructuras improductivas sin rendición de cuentas es un lujo que no podemos permitirnos.
El stream del CONICET fue entretenido. Y mostró que algunos investigadores están dispuestos a dar la cara. Pero también expuso, con brutal claridad, todo lo que podrían haber hecho antes y no hicieron.
Y eso no se tapa con likes.


