Por Mäuss
“Los peronistas no son ni buenos ni malos: son incorregibles.”
La frase es célebre. Duele y punza como puñal seco. Pertenece a Jorge Luis Borges, sin duda uno de los más grandes escritores de nuestra historia y uno de los más lúcidos antiperonistas que ha parido la inteligencia argentina. Borges no fue un militante ni un tribuno, pero desde su pluma combatió la mentira y la miseria moral del populismo con una constancia feroz.
El suyo fue un antiperonismo de raíz ética, estética y filosófica. Rechazó al régimen no solo por sus atropellos, sino por el modo en que pretendía secuestrar la realidad, manipular el lenguaje, corromper la historia y anestesiar la conciencia individual.
La fiesta del monstruo: la barbarie en clave grotesca
En 1947, bajo el seudónimo de H. Bustos Domecq y en colaboración con Adolfo Bioy Casares, Borges escribió “La fiesta del monstruo”, un cuento corrosivo en el que retrata a los seguidores del régimen como una masa grotesca y brutal. El “Monstruo” al que alude el título no es otro que Perón, aunque nunca se lo menciona por nombre. El narrador, de lenguaje vulgar, detalla su marcha a Plaza de Mayo en tono caricaturesco, pero con un trasfondo trágico.
La escena más impactante describe el asesinato brutal de un joven judío opositor:
“El primer cascotazo lo acertó de puro tarro, Tabacman, y le desparramó las encías, y la sangre era un chorro negro… yo me calenté con la sangre y le arrimé otro viaje con un cascote que le aplasté la oreja…”
La escena recuerda a El matadero de Echeverría. No es casual. Borges y Bioy escriben desde una tradición liberal que denuncia la violencia irracional como herramienta política. En este caso, aplicada por la masa peronista.

L’illusion comique: el simulacro como sistema
Años después, ya con Perón derrocado, Borges publica en la revista Sur (n.º 237, 1955) el artículo “L’illusion comique”, una pieza fundamental para entender su crítica al peronismo como simulacro, como teatro de la falsedad.
“Durante años de oprobio y bobería, los métodos de la propaganda comercial y de la litérature pour concierges fueron aplicados al gobierno de la república. Hubo así dos historias: una, de índole criminal, hecha de cárceles, torturas, prostituciones, robos, muertes e incendios; otra, de carácter escénico, hecha de necedades y fábulas para consumo de patanes.”
Con claridad devastadora, Borges desenmascara al peronismo como un doble discurso: el relato heroico para las masas y la represión brutal para los disidentes. A eso se refiere cuando cita el 17 de octubre de 1945:
“Se simuló que un coronel había sido arrestado y secuestrado y que el pueblo de Buenos Aires lo rescataba (…). Tampoco hubo sanciones legales para los supuestos culpables ni se revelaron o conjeturaron sus nombres.”
Borges denuncia que ni siquiera los hechos fundacionales del mito peronista resisten el menor análisis. Todo es impostura.
Más adelante, refiriéndose a la renuncia falsa de Perón del 31 de agosto de 1955, afirma:
“El dictador simuló renunciar a la presidencia, pero no elevó la renuncia al Congreso (…) Nadie, ni siquiera el personal de las unidades básicas, ignoraba que el objeto de esa maniobra era obligar al pueblo a rogarle que retirara su renuncia (…) Ordenó, en cambio, a los oyentes una indiscriminada matanza de opositores y nuevamente lo aclamaron.”
Este fragmento, más allá de su tono sarcástico, pone en evidencia el núcleo del pensamiento borgiano sobre el populismo: el peronismo no gobierna, actúa; no representa, simula; no construye ciudadanía, fabrica súbditos.

Una grieta que no cerró
La literatura argentina está atravesada por la antinomia peronismo/antiperonismo. Borges, como Sarmiento en su tiempo, representa la voz que elige la civilización frente a la barbarie. No desde el odio, sino desde el amor por la verdad, el lenguaje preciso y la dignidad individual.
La crítica de Borges al peronismo no fue un episodio aislado. Fue un compromiso duradero con la inteligencia, con el escepticismo razonado y con la idea de que el pensamiento no debe rendirse ante el poder de turno.
Hoy, cuando el país aún arrastra décadas de populismo degradante, su voz vuelve a ser necesaria. No como nostalgia, sino como advertencia.
“Yo no soy valiente. Lo que pasa es que no puedo ser cobarde”, solía decir.
Tampoco nosotros podemos serlo.


