Por Federico Zorraquín

Hay personajes que parecen salidos de una parodia involuntaria, pero no: existen. Caminan entre nosotros. Opinan. Se quejan. Y lo peor: a veces cantan. Uno de ellos es Leandro Lapiduz, empresario gastronómico, dirigente de FEHGRA y entusiasta imitador de Sandro… aunque con la voz de un Renault 12 fundido y el carisma de un PowerPoint del 2004.

En su última aparición estelar (porque siempre quiere protagonismo), Lapiduz arremetió contra la ordenanza que obliga a los comercios a tener un libro de quejas y un QR de defensa al consumidor. Y lo hizo como siempre: con esa mezcla de tono indignado, pretensión técnica y aroma a fracaso acumulado. Dijo que “falta diálogo”, que “sospecha fines recaudatorios” y que “el Estado pesca en la pecera”. No aclaró si hablaba de la ordenanza o de alguna letra de Sandro mal traducida por Google.

Lo curioso es que Lapiduz siempre está en contra de todo, pero nunca propone nada. Es como ese amigo que critica la pizza y después se lleva las sobras. Dice representar al sector gastronómico, pero cuando hay que construir algo real, se convierte en humo. Humo con aroma a “cover trucho” de cantante de cumpleaños.

¿Quién es Leandro Lapiduz?
Un peronista camuflado que intentó meterse en la oposición como quien se cuela en un casamiento sin saber el nombre de los novios. No lo quieren ni en La Cámpora ni en Juntos por el Cambio. Y no porque sea un peligro, sino porque es… irrelevante. Su show de Sandro ya no llena ni el buffet de una escuela nocturna y su palabra como “referente empresario” tiene el mismo peso que una promesa electoral del 2001.

Ahora se queja porque hay que poner un cartel y un libro de quejas. Como si eso fuera lo que está fundiendo a los comercios. No habla del eterno ausentismo, del desastre impositivo nacional o de la falta de competitividad. No. El problema es el QR. Para Lapiduz, eso es la dictadura. Qué fácil es hacerse el rebelde cuando no tenés ni media idea de gestión real.

Lo más tragicómico es que intenta hablar con términos como “desregulación”, “libertad”, “consenso”… pero lo hace como quien repite frases que escuchó en un TikTok de Milei sin haber leído nunca una línea de Alberdi ni una columna de Marcelo Duclos. Lapiduz quiere jugar a ser liberal, pero es más estatista que un desayuno en el INADI. Es como querer correr una maratón con zapatos de charol.

Lo cierto es que nadie en serio lo escucha. Ni la oposición, ni los empresarios reales, ni los músicos, ni los fans de Sandro. Lo toman como lo que es: un personaje menor de esta tragicomedia local. Un figurín que encontró en el disfraz y el micrófono una excusa para sentirse importante, aunque sea por media hora en un boliche de cuarta o una nota reciclada en Río Uruguay.

En una ciudad que necesita líderes de verdad, emprendedores comprometidos, voces con ideas y acción, seguir dándole espacio a personajes como Lapiduz es como invitar a Ricardo Fort a un debate de economía monetaria. Entretenido, sí. Pero inútil.

Desde Voz Derecha celebramos que se debatan normas que ayuden al consumidor y que se empiece a cortar con la impunidad de algunos “empresarios” que creen que tener un restorán los convierte en próceres del libre mercado. Porque libertad no es ausencia de reglas. Libertad es responsabilidad. Y para eso, el humo no alcanza. Mucho menos si viene con playback.