El arte no puede seguir siendo rehén de militantes disfrazados de poetas
Por Mäuss
Durante décadas, en Argentina, se instaló una idea tan repetida que ya pocos se atreven a cuestionarla: que la cultura es, por naturaleza, de izquierda. Se asumió que todo artista verdadero debía ser rebelde contra el orden, anti-sistema, crítico del mercado, y que su misión era exponer las miserias del capitalismo, combatir al neoliberalismo y abrazar las causas «populares». Lo que no se dice es que esa narrativa fue construida desde el poder, no contra él.
La hegemonía cultural de la izquierda no fue fruto de la genialidad artística, sino de un sistema de premios, subsidios y favores sostenido durante años con la plata del Estado. En la Argentina peronista, el arte «comprometido» no se sostuvo con talento ni con público, sino con plata de la casta: ministerios, secretarías, festivales pagos, becas digitadas y contratos a dedo. La «rebeldía» artística se volvió cómoda cuando era financiada por el aparato estatal.
Durante el kirchnerismo, ese modelo se profundizó y degeneró. No solo se repartieron cargos y subsidios entre militantes disfrazados de artistas, sino que se impuso una agenda ideológica cada vez más alejada de la realidad de la gente. El arte se llenó de panfletos progresistas, lenguaje inclusivo forzado, feminismo radical, culto a lo disfuncional, victimismo profesional y una estética deliberadamente vulgar y caótica. La famosa «industria cultural» se convirtió en un aparato propagandístico donde importaba más repetir consignas woke que producir algo con calidad, belleza o profundidad.
Lo más indignante es que muchos de esos supuestos artistas “anti sistema” se llenaron de plata con el sistema. Se enriquecieron gracias a la plata de todos. Plata que no caía del cielo: era el IVA de una familia del Chaco que no tenía para darle de comer a su hijo, pero compraba un paquete de arroz y pagaba impuestos que terminaban bancando a un performer militante en un festival vacío. Eso fue la cultura oficial: una red de privilegios disfrazada de sensibilidad social.
Mientras se vaciaban teatros, salas, cines y ferias, el Estado seguía tirando millones para sostener estructuras ineficientes que servían más como refugio ideológico que como motor creativo. En lugar de fomentar la excelencia, se premió la militancia. En lugar de promover la diversidad de ideas, se impuso un monólogo disfrazado de pluralismo.
Pero eso está empezando a cambiar. Cada vez más personas entienden que la batalla cultural también consiste en recuperar la cultura, en demostrar que el arte, la literatura, la música, el cine y el pensamiento no tienen dueño ideológico. Que un escritor liberal no es menos sensible. Que un artista conservador puede ser profundo. Que la belleza y la creación no son patrimonio de una ideología que vive de victimizarse mientras copa todos los espacios.
Es hora de abrir otro carril, uno donde la cultura no sea herramienta de propaganda sino expresión genuina de libertad. Una cultura que no le rinda culto al pobrismo, ni al caos, ni al Estado salvador. Una cultura que celebre la vida, el progreso, la responsabilidad individual y el deseo de superarse.
Porque la verdadera diversidad no es de género ni de cuotas. La verdadera diversidad es de ideas. Y sin ideas libres, no hay cultura: hay adoctrinamiento.
La cultura argentina tiene todo para ser grande, pero necesita sacarse de encima el peso muerto del relato único. No hay creación sincera cuando todo tiene que pasar por la validación de un comité ideológico.
Defender la libertad también es defender otra forma de hacer cultura. Es tiempo de dejar de ceder ese territorio.


