Por Mäuss
La batalla cultural emerge como la confrontación entre dos modelos irreconciliables: uno que considera al Estado protector absoluto del individuo, regulando y decidiendo por él; y otro que apuesta a la libertad, la iniciativa privada, la propiedad, el mérito y el orden institucional como cimientos de una sociedad digna. No es una simple disputa de poder: es una afirmación de valores, credos y visiones históricas. En cada rincón de la vida nacional, local o regional, en cada escuela, barrio, oficina pública o club, se decide el tipo de comunidad que se quiere ser: una sociedad de dependencia o una sociedad de dignidad.
En lo global, países como Polonia, Estonia, Corea del Sur o Irlanda fueron ejemplos de cómo las reformas económicas liberales, el respeto a la ley y la institucionalidad republicana pueden revertir el atraso. No solo crecen las economías, sino también la confianza ciudadana, el mérito y las instituciones. Esa reconstrucción requiere primero libertar las mentes, romper con paradigmas estatistas y recuperar la responsabilidad individual.
Argentina transitó décadas de hegemonía cultural institucional: un relato que elevó al Estado como único proveedor de derechos, mientras desvalorizaba el mérito, el esfuerzo y la propiedad. Universidades, sindicatos y medios estatales reproducían esta narrativa. El resultado fue una pobreza estructural, inflación crónica y un Estado cada vez más grande y menos eficaz.
Ese ciclo se interrumpió en diciembre de 2023, cuando emergió un modelo liberal-libertario a nivel nacional. La revolución del ajuste económico no fue un experimento: fue una respuesta al agotamiento del sistema. La denominada “motosierra” se convirtió en letra y acción: cierre de ministerios, recortes de estructuras clientelares e impulso de una gestión austera. El presidente afirmó: “La motosierra hoy es un símbolo de cambio de época” y anunció que la reducción de retenciones al agro sería permanente: consideró esos impuestos “un flagelo” que la gestión cancelará definitivamente.
Ese enfoque encontró respaldo en sectores de la derecha institucional. El PRO acompañó estratégicamente ese cambio. Macri señaló que sin ese apoyo “el riesgo país estaría por encima de los 2000 puntos” y celebró la coalición en torno a las ideas de libertad y cambio institucional. Bullrich sostuvo que fue un “compromiso incondicional con el cambio y la libertad”, y afirmó que “cuando la patria está en peligro, todo está permitido, excepto no defenderla”.
En Entre Ríos, Rogelio Frigerio representó esa transición desde lo regional. Gobernador electo con apoyo provincial amplio, articuló una gestión basada en datos, diálogo institucional, inversión y educación. Frigerio sacó a la provincia del feudo político sostenido por décadas y la orientó hacia un modelo de desarrollo ordenado.
En Concordia, Francisco Azcué (abogado, radical liberal) se puso al frente de una ciudad postergada, con presupuesto deficitario, estructuras clientelares y falta de eficacia. Bajo su conducción, se instrumentó una auditoría general del municipio, se redujo el gasto político, se reasignó personal inactivo y se priorizó la transparencia y resultados concretos.
La viceintendente Lic. Magdalena Reta de Urquiza declaró: “El Concejo Deliberante es el área del municipio que más ajuste ha realizado” y explicó cómo se reasignó personal que cobraba sin producir hacia áreas esenciales como Higiene Urbana y Defensa del Consumidor. En el informe de gestión 2024 reveló un presupuesto un 40 % inferior al del año anterior y una planta reducida en un 35 %, manteniendo el funcionamiento legislativo a pleno. Reta también lideró la eliminación de más de 309 tasas municipales, redujo el gasto político casi un 50 % en un año y promovió una racionalización normativa para depurar las cerca de 38.000 normas vigentes.
El concejal Dr. Felipe Sastre fue firme en su defensa de reformas estructurales. Al votar el cierre de la radio pública municipal, afirmó que los gobiernos que necesitaban sistemas de propaganda eran “gobiernos totalitarios”, y declaró sin titubeos: “en este micrófono no tengo miedo de decir lo que pienso”.
La batalla cultural en Concordia y Entre Ríos es tangible, no simbólica. Se libra en los actos concretos: ajuste razonable del Estado local, simplificación tributaria, educación centrada en el mérito, transparencia total. Esa práctica municipal se proyecta como señal de que el modelo liberal‑conservador no es nostalgia, sino brújula moral. Esa visión conecta con tradiciones patrias que valoraron la mediana propiedad, el arraigo, la escuela pública como motor de progreso, el orden institucional. Ese ideal no reprocha errores del pasado, sino celebra logros fundacionales.
La propuesta que se insinúa es clara: un Estado local austero, moderno, orientado al servicio, donde administrar no signifique perpetuar estructuras improductivas; donde la transparencia no sea marketing sino práctica diaria; donde el contribuyente no sea rehén de tasas arbitrarias, sino socio con voz; donde la educación pública eduque para la libertad, no para la dependencia; donde la participación vecinal sea directa, sin intermediarios; donde se promueva una economía local productiva, sustentada en inversión, incentivos prudentes y responsabilidad ciudadana.
La batalla cultural ya no espera. Está en marcha desde la Presidencia nacional, se consolida en gobiernos provinciales comprometidos con la racionalidad y emerge con fuerza desde la gestión local. Los principios están definidos, los relatos se agotaron, las ideas conservadoras de Estado reducido, meritocracia, educación cívica y economía abierta resonaron nuevamente. La hora de consolidar esa visión en cada barrio, cada escuela y cada despacho municipal ya llegó. La sapiencia de los hechos habla con claridad.


