Por Mäuss

Argentina está herida. Pero aún respira. Y mientras respire, hay esperanza.

Lo que enfrentamos no es simplemente una mala administración. Es una forma de pensar que ha colonizado nuestro país durante décadas: una cultura del facilismo, del resentimiento y del desprecio por el mérito. Un relato que confunde derechos con privilegios, necesidad con extorsión, y solidaridad con dependencia.

Pero esa Argentina (la del clientelismo, la corrupción y el relato vacío) no nos representa. No es la Argentina profunda. No es la que madruga, la que crea, la que enseña, la que trabaja con dignidad. No es la de los que estudian, arriesgan, producen o sanan. No es la Argentina que educa a sus hijos en la honestidad, ni la que honra su palabra.

Frente a esa decadencia, ha llegado el momento de una nueva mayoría moral. Una mayoría que no se define por una sigla, ni por una estrategia electoral, sino por un pacto ético profundo: el de los que creemos en la libertad, en el orden, en la responsabilidad individual, en el esfuerzo y en el bien común.

Hoy más que nunca, el PRO, La Libertad Avanza, el radicalismo auténtico y cada argentino de buena voluntad debemos comprender que no somos rivales, sino aliados. Aliados en una tarea titánica: reconstruir la Argentina desde sus cimientos, sobre valores firmes, sobrios, virtuosos. No hay lugar para mezquindades, egos ni fragmentaciones. El enemigo no está entre nosotros. El enemigo es el modelo que nos hundió.

Y esta no es solo una convocatoria política: es una invitación espiritual y moral. A unirnos desde lo más hondo, desde el deseo sincero de ver a nuestra Patria volver a levantarse. A dejar atrás el ruido, el griterío vacío, los slogans sin contenido, y volver a hablarnos con la verdad, aunque duela. Porque solo con verdad hay posibilidad de justicia.

Esta es una cruzada que no tiene partido, pero sí causa. No distingue clases, ni títulos, ni barrios. Si sos médico o albañil, artista o comerciante, docente o emprendedor, joven o jubilado, esta lucha es tuya. Si estás cansado de ver cómo los que hacen las cosas bien son castigados, y los que destruyen son premiados, esta lucha también es tuya.

No vinimos a administrar lo posible. Vinimos a hacer lo necesario. Aunque cueste. Aunque duela. Porque lo correcto muchas veces no es lo fácil. Pero es lo justo. Y la justicia (no la venganza, no el relato) es la base de todo país que quiera mirar de frente a su futuro.

Hay una Argentina distinta esperándonos. Una Argentina que aún late en nuestros gestos nobles, en nuestras familias que no se rinden, en nuestros trabajadores que no claudican, en nuestros jóvenes que todavía sueñan.

La pregunta es si vamos a estar a la altura del desafío.

Yo creo que sí. Porque cuando los pueblos se reconcilian con la verdad, y con sus valores más profundos, nada puede detenerlos.